La respuesta filosófica oficial es que el libre albedrío no existe. Sólo la ilusión de tal cosa, porque las causas de nuestra conducta son tan complejas que no podemos explicarlas. Si tienes una fila de piezas de dominó que se derriban unas a otras, entonces siempre puedes decir: mira, esta pieza se cayó porque esta otra la empujó. Pero cuando tienes un número infinito de piezas que pueden seguir en un número infinito de direcciones, nunca encontrarás dónde comienza la cadena causal. Así que piensas: esa pieza se cayó porque quiso.
Bueno, admito que es una filosofía sin ningún valor práctico. Valentine me lo explicó una vez de esta forma: aunque no existe el libre albedrío, tenemos que tratarnos unos a otros como si existiera para poder vivir juntos en sociedad. Porque de otro modo, cada vez que alguien hace algo terrible no se le puede castigar, porque sus genes o su entorno o Dios le instaron a hacerlo, y cada vez que alguien hace algo bueno, no se le puede honrar, porque también fue una marioneta. Si piensas que los que te rodean son marionetas, ¿por qué molestarte en hablarles? ¿Por qué idear nada o crear nada, ya que todo lo que ideas o creas o deseas o sueñas surge sólo del guión que el marionetista te dio?
Así, nos consideramos a nosotros mismos y a todos los que nos rodean seres volitivos. Nos tratamos como si hiciéramos las cosas con un propósito determinado, y no porque nos empujen desde atrás. Castigamos a los criminales. Recompensamos a los altruistas. Ideamos y construimos cosas juntos. Hacemos promesas y esperamos que los demás las mantengan. Todo es una ficción, pero cuando todo el mundo cree que las acciones de todos son el resultado de una elección libre, y da y toma responsabemente según eso, el resultado es la civilización.
(Sacado de un diálogo del libro Ender el Xenocida)